lunes, 13 de enero de 2014

“Hijo, tus pecados están perdonados”

Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de don­de estaba Jesús (Mc 2, 3).
Jesús, lo del paralítico me recuerda la historia de una niña peruana que caminaba cerro arriba cargada con su hermanito pequeño a la espalda. El sacerdote, que presenciaba la penosa ascensión, le preguntó: —¿No te pesa? ¿No te cansas?; a lo que la niña respondió sin pestañear: ―¡Es que es mi hermano! Jesús, me pones cerca familiares, amigos que son…unos pesados, o que quizá tienen parálisis en el alma. Pero ¡son mis hermanos! ¿Cómo no voy a tomarlos, cargármelos a cuestas y ponerlos delate de Ti…?
Di a Jesús: más pesado soy yo —“un peso pesado”— y bien que me aguantas.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados están perdonados» (Mc 2, 5).
Jesús, enseguida te diste cuenta: aquel paralítico lo que tenía, sobre todo, era un gran peso en el alma. Por fin pudo escuchar la absolución: “Hombre, tus pecados están perdonados”, y, ¡qué gran alivio sintió! Sus amigos “camilleros”, no entendían nada: —¡Pero si lo hemos traído para que lo cure…! Y se fue a su casa glorificando a Dios”, ¡menudo peso se había quitado de encima!
La confesión es un “quita-pesos”; gracias, Jesús, por perdonarme siempre.

Propósito: Hacer de camillero con amigos “pesados”.