domingo, 26 de enero de 2014

Jesús, líbrame de mi mismo

Al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pá­jaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedrego­so, (...) cuando salió el sol, se abrasó. (..) Otro poco cayó entre zarzas que crecieron y lo ahogaron (Mc 4, 3-7).
Jesús, yo de plantas y flores, nada. En mi casa son todas plásticas –por eso de las alergias y los bichitos; además así no hay que regarlas–. Pero ¡qué pena de semillas!: se las comieron, se abrasaron y se ahogaron. Sospecho que estás hablando de las almas. ¿Se pueden comer las almas? ¿A qué saben? ¿Y quemar y ahogar? Parece que sí: “Viene Satanás y se lleva la palabra sembrada”(Mc 4, 15). Jesús, el demonio está muy activo; ¡no me dejes caer en la tentación!
Jesús, tentaciones tendré siempre, pero ¡que no me ponga en ocasión!
El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno (Mc 4, 8).
¡Sólo una vida!: “Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil. –Deja poso. –Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de após­tol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” (S. Josemaría, Camino 1). Y además como cantaban hace tiempo, “sólo se vive una vez… caramba”.
Dile a Jesús las “cosechas” de amor a Dios con las que sueñas.

Propósito: Dar fruto.