jueves, 4 de febrero de 2016

Que llevasen sandalias de repuesto

Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos (...) Les encargó que llevaran para el camino un bastón (…) que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto (Mc 6, 7-9).
No era dinero, ni una maleta, ni una túnica nueva... Era sólo una sencilla caja de zapatos, pero con una nota desconcertante: Qué hermosos son sobre los montes los pies de los que llevan el Evangelio (Is 52,7). Aquel sacerdote, recién ordenado, abrió el regalo y encontró mucho más que un par de zapatos. Ahí dentro estaba todo un programa para su vida de apóstol; y entendió lo de las sandalias de repuesto. Pies, ¿para qué os quiero? ¿Para dar patadas y poner zancadillas? Nooo...; ―Para llevar el Evangelio a todo el mundo, ¿para qué sino?
Dile a Jesús que puede contar con tus manos, con tu boca y tus pies…
Jesús se levantó de la cena, se quitó la túnica, tomó una toa­lla y se la puso a la cintura. Después echó agua en una jofai­na, y empezó a lavarles los pies a los discípulos (Jn 13, 4-5).
Jesús, me conmueve cómo cuidabas a tus apóstoles. Lo que lavabas no eran precisamente piecitos de niño; eran pies sucios y polvorientos, cargados de largas caminatas por Palestina. Quizá decías: Qué hermo­sos son los pies... mientras los besabas, también los de Judas. Jesús, mis patas, quiero que sean tus pies que te lleven a todo el mundo.
Buscar pies, no tres pies al gato, ni pies de foto, sino pies que lavar.

Propósito: dárselo todo a Jesús.