jueves, 30 de mayo de 2013

¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi!


Pasa Jesús Nazareno. Entonces gritó: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí! Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte (Lc 18, 38-39).
Jesús, oigo voces. Como el ciego de Jericó, en mi oscuridad oigo voces a mi alrededor. Unas voces, las de los que se dicen mis amigos – pero en el fondo solo buscan ser cómplices– , quieren que no hable de Dios. Quieren que me calle y me regañan: Muchos lo regaña­ban para que se callara. Otras voces, las de mis amigos de verdad, me ponen delante de ti: Animo, levántate, que te llama. ¿A quiénes hago caso?
·        ¿Me dejo llevar por lo que dice la gente?
Animo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: – «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: – «Maestro, que pueda ver.» (Mc 10, 49-52).
El ciego Soltó el manto. Siempre me he preguntado ¿Cómo sería ese manto? ¿Qué tendría de especial? Me imagino un capote pesado y sucio, multiuso, lleno de manchas, de color indefinido y olor a hume­dad. Un manto asqueroso, pero era suyo, estaba apegado. Más que un manto era una piedra. El ciego Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Para acercarse a Jesús, para poder dar el salto y ver, hay que tirar el manto, estar desprendido de lo material.
·        ¿Cuál es mi manto? El iPod, la Play, la TV… Mi teessssoro…!
Propósito: Flores de desprendimiento para María.