Oyendo estas
cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le
arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte
sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle. (Lc
4, 29).
Jesús, ¡era tu pueblo! Qué bien conocías esa altura escarpada del
monte. Allí jugaste tantas veces a tirar piedras o a esconderte. Jesús,
¡era tu gente, los habitantes de Nazaret! Qué bien conocías a cada uno: Ben
Yuda, el comerciante en perlas finas, Jacob el vendedor de tejidos, Elí el
mendigo tuerto. Ahí estaban todos, en la sinagoga. Pero ¿qué les pasó? Y es que
en un arrebato de ira se puede hacer daño a lo que más se quiere, y a veces de
manera irreparable. −¡Es que yo soy así! Si no te gusta como soy, te aguantas…Y
entiendo que no deberías ser así. Si no, acabaré despeñando a Jesús o
crucificándole de nuevo, como los de Nazaret.
Jesús, ¡ayúdame a cambiar! Manso y humilde de corazón,
como Tú.
Pero Él, pasando
por medio de ellos, se marchó (Lc 4, 30).
Oye Jesús, que yo también tengo mis rabietas, mis enfados. Entonces,
sin querer hago mucho daño. Una vez un amigo me dijo: toma este papel liso y
¡estrújalo! Hice con él una bola. Ahora intenta dejar el papel como yo
te lo di, completamente liso. No puedo – le contesté. El corazón de cada
persona es como ese papel. Cada vez que te enfadas dejas una impresión que
es muy difícil de borrar, como las arrugas del papel.
Dile a Jesús que no deje de pasar muchas veces por tu
alma.
Propósito: no ser
tan asquerosamente rabioso.