viernes, 1 de julio de 2016

Sin…, sin…, sin…

Cuando partía Jesús de allí, vio a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y le siguió (Mt 9, 9).
Sin dudar, sin chillar, sin alegar, sin quejarse, sin suspirar, sin mirar para atrás te siguió San Mateo. Jesús, yo en cambio chillo, protesto, alego y me quejo cuando algo me cuesta. ¡Quiero cambiar, Jesús!, quiero darte grandes alegrías: como hacer caso sin andar dándole vueltas a la co­sas; aunque me cueste, aunque sea difícil, aunque luego diga que me voy a arrepentir de dejar de hacer lo que estoy haciendo.
¨     Sigue por tu cuenta pidiéndole a Jesús seguirle y hacer caso a la primera.
Pero él, al oírlo, dijo: No tienen necesidad de médico los sa­nos, sino los enfermos (Mt 9, 12).
Nunca falta quién se agobia porque no es perfecto. Hay quién se blo­quea mucho porque se da cuenta que tienen defectos, que se equivo­ca, y más si los otros se dan cuenta. Me decía un amigo, que la gente divertida suele ser la que no tiene miedo de hacer el ridículo en público; y los aburridos, son lo que están todo el tiempo con miedo de quedar mal ante los demás. Mis defectos, son tan ridículos, que de seguro a ti, Jesús, te han de dar risa; a la vez, quieres curarlos, cambiarlos. Me quie­res divertido, pero sanino.
¨     La próxima vez que descubras que te equivocaste, ríete un poco de ti mismo; y ve a refugiarte a los brazos de Jesús.

Propósito: hacer reír a Jesús.