lunes, 30 de diciembre de 2013

Lunes 30

Había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser (…) Daba gracias a Dios y hablaba del Niño a todos (Lc 2, 36.38).

–¡Mirá, si es la profetisa Ana!, dijo San José muy contento. Porque aquella mujer conocía a la perfección a todas las familias piadosas de Israel. Sesenta años sin apartarse del Templo y profetizando dan para mucho. –¡Mirá, si es José!, replicó a su vez Ana. –¡Pero qué bien acompañado te veo! Y José con emoción recordó y comprendió aquella misteriosa profecía que un día le hizo, aún siendo niño: ¡Oh feliz varón, bienaventurado José, a quien le será concedido no sólo ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y no vieron, oír y no oyeron, sino también abrazarlo, besarlo, vestirlo y custodiarlo!

·        En tu oración pide a la “Profetisa Ana” alguna profecía sobre lo que Dios espera de ti.

El Niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba (Lc 2,40).

Jesús, yo también te puedo abrazar, vestir y custodiar como lo hacía San José. Te abrazo y te beso en la Sagrada Comunión. Te acaricio en mi alma en la Santa Misa. Te visto con mi lucha por adquirir las virtudes. Te custodio y protejo en mi corazón para que nada ni nadie te me puedan robar. Y el Niño va “creciendo y robusteciéndose” también en mi vida.

·        Como a San José, muchos reyes te tienen envidia por tratar a Jesús: dale las gracias.


Propósito: Cumplir la profecía de Ana