jueves, 5 de julio de 2018

Verdaderamente poderoso


En esto, trajeron a donde él estaba a un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo. Se te perdonan tus pe­cados”. (Mt 9, 2).
Jesús, viste con cariño a ese hombre que desde a saber cuándo esta­ba tirado en su camilla. Pero antes de curarle la parálisis, le perdonas los pecados. Mis pecados, muchos o pocos, son peor que una pará­lisis. También los pecados de mis amigos, los paralizan. ¡Qué poder el de tu palabra, Jesús!
No habrá llegado la hora de experimentar el poder de Dios en la confesión.
El se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente se llenó de temor y glorificó a Dios, que había dado tanto poder a los hombres (Mt 8, 33-34).
Nuestro Dios es un Dios optimista, positivo, que levanta a la gente. El pecado nos aplasta, nos hunde. Nos deja como cáscara de ba­nano en el suelo. Está ahí pudriéndose y convirtiéndose en ocasión de que otros se caigan por su culpa. No quiero ser causa de caídas para nadie. Se me viene algo a la cabeza ahora: cuando termine de confesarme, y me ponga de pie nuevamente, pensaré que acaba de terminar la final del mundial y yo estoy en el equipo ganador, justo en el momento en que tomo la copa entre mis manos, la beso, y la levanto en alto triunfalmente.
No olvides que los mundiales los ganan equipos.
Propósito: vivir la aventura de la confesión