domingo, 10 de junio de 2018

Mi buen Jesús: ¡Mírame! ¡No me dejes!


Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos y le dijo: Sígueme (Lc 5, 27).
Pasabas por ahí, Jesús, quizá haciéndote el despistado, como el que no quiere la cosa. Pero, en el fondo querías practicar tu deporte favorito: la pesca. Y ahí, encadenado, bajo el peso del montón de dinero, estaba tu amigo Mateo. Quizá no le cuadraban las cuentas: Aquí falta algo…, decía. Efectivamente, tenía un vacío, un vacío interior que no había for­ma de llenar: ¡Me falta algo, pero no sé lo que es! Mateo alzó la vista y se encontró con tu mirada. El gran vacío se le llenó de golpe y, al instan­te, dejándolo todo, te siguió.
Los vacíos que no llenan mi vida, ¿no los podría llenar Jesús?
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió (Lc 5, 27).
Jesús, también yo estoy encadenado a tantas cosas: programas de TV, los videojuegos, el móvil, mis caprichos. Digo que soy libre, pero en el fondo me siento prisionero de mi pereza, de mi comodidad, de mi egoísmo. Son cosas que no me llenan, que siempre me dejan insatisfe­cho y triste, porque mi corazón está hecho para cosas grandes. Jesús, yo también quiero mirarte, llenar mi vida de ti.
Jesús, ¡que no se puede vivir sin ti! ¡Tú sí que lo llenas todo!
Propósito: Detectar vacíos y rellenarlos